miércoles, 17 de noviembre de 2010

una muerte justa

Presioné el botón para bajar, pues el ascensor estaba en el piso doce. Yo estaba en el sótano, solo, oscuro, lleno de carros y algunas motos;  no me agradaban mucho pues mi madre  había muerto en un accidente de tránsito y mi padre pasó cinco años en la cárcel. Porqué fue el causante de la muerte de cuatro niños y dos adultos, con su carro los atropelló. Tal vez por eso todos mis conocidos dicen -de tal palo tal astilla-. Iba a  pensar en voz alta,-¿cuándo llegara el ascensor?...- y de repente un –frrrrrrrrrrt ttt -- y me di cuenta de tres motos que  fueron las causantes de mi escalofrió y de la interrupción de las  incomprensibles y absurdas palabras, los dueños de las motos eran los mismos emigrantes causantes del bullicio  todas las mañanas, cuando las motos salieron del edificio volvió mi paz interior. Al fin el marcador mostraba una S.- Ábrete sésamo-,  pensé, de repente  dos bloques de aluminio se separaron. Di tres pasos mirando hacia abajo y me encontré con dos botas pantaneras, unos tacones más o menos de 5 centímetros de alto y unas babuchas con forma de unos  lindos  conejitos rosa. Un hombre con casco y capa ocupaba las botas pantaneras, lo inusual es que no cualquiera con un poco de respeto entra a un ascensor todo mojadito dejando un rastro de agua en el; ese señor ni siquiera se sacudió afuera  y su capa aun era una catarata, cuando lo note solo pensé -pobres babuchas-. Los tacones los ocupaba un hermoso pie, con unas irresistibles piernas color canela y  las curvas más finas que haya tenido una mujer, también  le caía un vestido rojo pasión, atacado por una frágil y negra caballera. Y las babuchas además del charco que la rodeaba  sostenían el peso de un pantalón sin dobladillo, con lunas estampadas, La apariencia de trasnocho era evidente y el cabello de aquella muchacha parecía la esponja de brillo de mi abuela Inés, la cual durante tres veranos ni siquiera fue enjuagada. No falta aclarar que solo habían cuatro personas en aquel ascensor: el hombre de las botas, la hermosa mujer, la muchacha de las babuchas y yo.  -buenos días- dije, y tal vez el hombre con botas creyó que yo era un notario pues me mostro su huella dactilar del dedo índice, pero después lo comprendí todo ya que él dijo -tardes señor, tardes-. Todo esto paso en un instante, presioné el botón de las flechitas besándose, después el botón del número trece. El ascensor empezó a ascender. Me he visto en mi otra película, mi mimo interior salió a dibujarse en el espejo del ascensor. También vi el reflejo del señor de las botas pero saliendo del ascensor en el piso tres. Mi vista se obstaculizó por la maraña de la muchacha con babuchas, menos mal partió en el piso seis; porque cada vez que bostezaba su aliento subía, bajaba, pasa por mi nariz y ya no lo soportaba. Solo quedaban dos seres vivos que yo me acuerde. La mire y sentí en sus ojos un temor, se me hizo familiar aquella mujer. En el piso ocho un apagón sucedió de repente la luz tomo presencia, pero ya era tarde solo veía un  cuchillo rojo, un 9…10… solo sentía el calor de mi sangre derramada, solo escuchaba el sonido de los dos bloques de aluminio no sé si se separaban o si se unían pero más atrás un tac… tac… dos tacones huyendo,  solo recordaba cuando mate a la madre de aquella mujer, cuando me aviso sobre su embarazo, cuando ignore lo de ser padre, cuando me aventure con otra, cuando me advirtió que la iba a pagar muy caro y tal vez   solo olía un largo y breve descanso, pero que no tenía fin.
Lorenzo Gaitán, de 1964-2008,  cinco años de cárcel por envenenamiento a  Luz  Castro madre de María luna morales; asesina de Lorenzo Gaitán y madre de sus hijos.

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